Los pasos del peón

De cómo el ajedrez casi pone en jaquemate a mi hermano y qué nos enseñó eso como familia.

ENSAYOS

Juan David Reyes Páez

6/24/20263 min read

En 2018, un diagnóstico de leucemia entró a la casa de mi familia y nos volcó la mesa donde jugábamos nuestra partida cotidiana. El tablero se vino abajo un sábado cualquiera de agosto y las piezas quedaron esparcidas por el suelo. De repente, mi hermano Ricardo pasó de pensar a qué fiesta ir ese día por la noche, a mirarnos en silencio, preguntándose qué hacer con la vida el lunes siguiente, cuando le transfundiera la quimio por el cuello.


El camino hacia la Fundación Santa Fe lo recuerdo en una cámara lenta y un reloj contando el tiempo denso, con el zumbido del tráfico de Bogotá colándose por las ventanas del carro y el frío seco de la noche. Fue en esa sala de triage, bajo una luz blanca implacable y con el olor a desinfectante metido en la nariz, donde nos estalló la realidad: unos exámenes de sangre con números desesperanzadores que nos confirmaron nuestros miedos. En pocas horas comprendimos que la partida cambió abruptamente.


Ya no había espacio para estrategias de largo plaz. Había que armar la trinchera. Cerrar filas, defender el núcleo, sostener el cuerpo de Ricardo por encima de cualquier otra cosa. Cada miembro de la familia asumió una posición en el hospital: uno fue torre para aguantar el peso de los días, otro alfil para cruzar el caos de los médicos, otros simples peones conteniendo la embestida del primer impacto. Nos reajustamos para resistir el golpe.


Pero la quimioterapia impuso un ritmo que ninguna teoría de ajedrez puede contener; ahí es donde el tablero ordenado se revolvió. La lógica del juego se rompe cuando el rival no tiene rostro y tus movimientos dependen del conteo de plaquetas que arroja una máquina. Tuvimos que aprender a la fuerza la disciplina del peón, avanzar una sola casilla a la vez, con los ojos fijos en el día, sin mirar el abismo de las diez jugadas siguientes. La paciencia dejó de ser algo intelectual y se convirtió en un asunto físico: tolerar una punción lumbar hoy, un análisis de sangre mañana, lograr una autorización médica. Confiando en que jugada era un avance en la dirección correcta.


El trasplante de médula ósea era la estrategia de ese nuevo tablero de ajedrez. Mientras Ricardo ponía el cuerpo en la quietud de la sala de aislamiento, a mí me tocó jugar a toda velocidad. Tuve que aprender a pensar tres movimientos por delante del sistema de salud en Colombia, un laberinto burocrático que abruma por su complejidad. Me convertí en el encargado de despejarle el camino: pelear autorizaciones por teléfono, tramitar papeles urgentes en ventanillas y presionar por firmas en la EPS.

Lo vivimos con la urgencia del que empuja un peón en riesgo: esa pieza frágil que avanza desprotegida por las últimas casillas, con la esperanza desesperada de tocar el borde final para coronar y transformarse en una reina, un símbolo de renacimiento.


Al final, entendí que el cáncer no es una partida que se le gana a un contrincante. No hay un oponente al otro lado de la mesa, ni un trofeo esperando en el podio. Es, simplemente, la experiencia brutal de ver el tablero sacudirse violentamente, obligándote a recoger las piezas rotas del suelo para intentar inventar un juego nuevo en medio de la incertidumbre.

Y aun así, con los dedos temblorosos de recoger los pedazos, encontramos sentido en lo que hicimos. Cuidar a Ricardo, marchar al paso del peón, resistir la embestida. Nuestra partida no fue perfecta, no la elegimos, pero la jugamos con la que había. Y lo que nos queda es la certeza de que, mientras la vida no marque el jaquemate, siempre habrá una razón para seguir moviendo las piezas.